24/02/10

Anxo Pastor, el enigma de Vigo

Hace tiempo dirigía “Arcana”, una revista inclasificable, que no cabía en el revistero ni el estante de los libros. Había grabados, poemas y papel de seda.
Durante años dirigió una página literaria en el Faro de Vigo que se titulaba “La rama en el aire”. En ella traducía a los poetas más intensos del mundo entero y daba cancha a los más interesantes de España. A menudo los ilustraba con dibujos enigmáticos. A orillas del Atlántico mostraba lo más perturbador que se cocía con palabras en todo el mundo.

En los ochenta daba recitales por Galicia con un grupo denominado “Los sacerdotes de la Diosa Blanca”, utilizando la concepción de la poesía de Robert Graves, estar poseído por la Diosa del delirio. Pero el suyo es un delirio calmado, obsesivo, enigmático. Es el mundo de la sombra, de la obsesión, del poderío de las palabras. Cada una puede romperse, puede estar llena de venenos extraños.

En los ochenta hablaba a sus amigos, en Santiago de Compostela, de hacer un estudio poético del mundo. Estudiar el mundo con el estilete de la poesía. El mismo como persona da ese tono enigmático, onírico, evocador. Con su voz afónica, con sus palabras lentas, con sus frases meditadas, que parece que salen de la sombra, da la sensación de ser un extranjero, un enviado de otra dimensión. Y entonces las palabras se distorsionan, se enrarecen, pierden sus trivialidades cotidianas. Generalmente busca lo pálido, evita los colores. Quiebra una sugerencia con otra inesperada. Por ejemplo, un libro suyo se titula “El caballo económico”. Otro, “El sueño perezoso”.

En “Sombra fértil” se pregunta “¿Qué tocan las manos que nada tocan?” Y dice que se dedica a cazar sombras en las noches sin sueño. Lejos de cualquier localismo, perturba a cualquier persona en cualquier parte. Su mundo está próximo al expresionismo centroeuropeo, y siempre está citando a autores obsesivos y febriles, o descubriendo otros acuciantes. En cierto modo se parece a Robert Walser, ese escritor misterioso y callado, que buscaba la anulación. En lugar de acabar en un sanatorio en Suiza él se desplaza como un enigma por Vigo. Y mantiene una galería de arte en las Rías Bajas. Su primer libro se titulaba “Los poemas de la secta”.

Nos traía un mensaje de la oscuridad, nos insinuaba una salvación secreta por las palabras. Hablaba de bestias espirituales en las noches de luna. Pocas personas como él tienen aspecto de poeta en todo lo que hacen. El quema las palabras como un creyente secreto, las retuerce y las abruma, quiere ser un jinete como Kaspar Hauser. En muchos momentos recuerda a Kaspar Hauser. Haría falta que Werner Herzog se paseara por Vigo.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, 24/02/10