17/09/10

bajo la piel de eduardo moga

Eduardo Moga publica Bajo la piel, los días



Recientemente ha sido publicado en la editorial Calambur el nuevo y esperado poemario de Eduardo Moga, que lleva por título Bajo la piel los días, libro que recomendamos desde la web de DVD Ediciones. El autor lo presenta a nuestros lectores con el interesante texto que aquí reproducimos. Siguen, a continuación, dos poemas de Bajo la piel, los días, cortesía de Eduardo Moga y Calambur.

ALGUNAS OBSERVACIONES SOBRE BAJO LA PIEL, LOS DÍAS, POR SU AUTOR
El poema en prosa se sitúa en el origen mismo de mi actividad poética. En 1995 compuse un amplio proyecto, integrado por cinco libros, cada uno de los cuales ahondaba en una forma: el tercero —axial— era un conjunto de poemas en prosa, que transcribían la exaltación llameante del deseo. Ese macroproyecto se titulaba entonces, ya no recuerdo por qué, La luz del trébede; un título del que hoy abomino por sus resonancias rurales —de fogón y estameña— y que, por supuesto, no he divulgado. El libro, tal como había sido concebido, se reveló impublicable —lo que acaso sea de agradecer—, pero sí aparecieron, exentas, sus diversas partes, en momentos y editoriales distintos. Los quince poemas en prosa de aquel manuscrito original vieron la luz en 1999, con el título de Unánime fuego, en una colección lisboeta, artesanal y minúscula, dirigida con vehemencia por un poeta con nombre de margrave, Alberto Augusto Miranda, y se reeditaron en 2007, en la colección de poesía «El Lotófago», patrocinada por la galería de arte madrileña de Luis Burgos. En 1999 daba a conocer también El corazón, la nada, en Bartleby, un primer intento de fragmentación de los dilatados cantos en que se había formulado hasta entonces mi poesía, y de aproximación al poema en prosa como eco o espejo, no de la realidad cósmica, sino de la realidad doméstica, un cosmos todavía más indomeñable. Después, en 2003, apareció otro poemario en prosa, Las horas y los labios, en DVD ediciones. Y a principios de 2006, empecé a escribir Bajo la piel, los días, en el que, tras varios libros versales —con soliloquios, haikus, sextinas y metros imparisílabos, entre otras excentricidades—, volvía al género, si es que lo es. Como he dicho en alguna ocasión, tengo la sensación de que el poema en prosa se adapta mejor al flujo inquisitivo de la conciencia y al hacerse del propio pensamiento. Además, no es desdeñable su efecto deletéreo en la percepción de lo poético, que se desprende, así, como una serpiente de su piel envejecida, de cuanto lo identifica como poesía. Yo no sabía, en aquella ya remota fecha de 1995, cómo evolucionaría mi tratamiento de esta forma de expresión, y ni siquiera si lo haría. Hoy, cuatro libros y quince años después, advierto una innegable continuidad en esos poemarios, una continuidad que es, en realidad, crecimiento y radicalización. Así me lo parece, al menos, en Bajo la piel, los días, donde los textos aspiran no tanto a poetizar lo cotidiano, impregnando los hechos vulgares, la grisura doméstica, de un lirismo ínsito en las palabras elegidas para designarlos, como sucede en Las horas y los labios, como a preservar la condición de prosa de los fragmentos en prosa, ya sea narrativa o crítica, pero haciendo que se perciba también, y simultáneamente, como poesía, por el efecto osmótico de su inserción en el entramado lírico, por la refracción de las figuras retóricas y los mecanismos expresivos de los pasajes densamente polisémicos que la circundan, por el oleaje rítmico del conjunto y, en fin, por la sutura polémica, y hasta contradictoria, que supone semejante convivencia. Me interesaba subrayar cómo todo puede ser arrastrado por la corriente de la poesía, sin perder su singularidad elocutiva, sin diluirse en el torrente analógico: entero, distinto como un tronco que flota hasta la desembocadura, pero que es también el río.
Bajo la piel, los días es un diario poético, que narra las aventuras y quehaceres cotidianos, verdaderos o ficticios, de alguien que soy yo, pero que puede ser cualquiera. Su relato no sólo refiere los accidentes de la vida, sino también las vicisitudes de la conciencia. Pero su aproximación a ambos espacios no quiere ser acomodaticia, sino subversiva, aunque en direcciones opuestas: la descripción del mundo debe derruir las evidencias, lo simplemente fenomenológico, la falaz inteligibilidad de las cosas, en tanto que el desvelamiento interior ha de construir lo oculto, ha de ir levantando el edificio de lo invisible, para hacerlo accesible a todos. La palabra, pues, ha de volcarse en la realidad, para corroerla y desnudar su naturaleza lingüística, su turbulencia lingüística; y la realidad, a su vez, ha de colonizar la palabra, porque la representación no puede existir sin lo representado. Con este poemario he pretendido caminar por el tiempo —por ese tiempo en pantuflas de nuestra vida diaria— con la compañía frágil e ineludible de la voz, una voz que no excluye los registros más coloquiales o específicos, la cadencia mostrenca de un existir sin certezas, la consignación acre de lo insignificante y antiliterario. Se trataba de arrancar poesía de lo anodino, lo incomprensible y lo soez; y de hacerlo siempre en la espinosa intemperie del enunciado. Para ello, he intentado, en todo momento, permanecer a la escucha, atento al latido mudo de los objetos, permeable a las fluctuaciones de la luz y la inteligencia, y descubrir, entre suciedades y naderías, los calambres opacos del ser, o las grietas que se abrían en su piel, para meter los dedos en ellas y ensancharlas, y que así se dibujaran, como humo tatuado en la piedra, los versos —o la prosa— del poema. Había que chapotear en lo absurdo y lo gris, merodear en torno a las palabras, o a su ausencia, para que, siguiendo la oscura y delgadísima melodía que nacía de sus rincones, asomara lo poético, y se perfilara, y finalmente cuajara en una talla líquida y, quizás, luminosa. También he tenido en cuenta, para componer los poemas de Bajo la piel, los días, el propio ramificarse del pensamiento, y no he dejado de consignar sus incertidumbres y sus flaquezas, que asoman en el texto en forma de incisos o excursos —a menudo contenidos entre corchetes, un signo de puntuación mucho más pulcro, paradójicamente, más redondo, que los paréntesis—. Esa construcción sinuosa y con frecuencia quebrada del pensamiento se refleja en un lenguaje igualmente desordenado, que se sostiene merced a la caída, que despunta y se repliega, y que, en último término, descree de sí mismo, a pesar de cierta rotundidad parnasiana, con la que, precisamente, pretende disimular su escepticismo. No obstante, nada de todo esto impide la exactitud. Ser exacto es el único mandato que ningún poeta, sean cuales sean la estirpe estética y el propósito de su obra, puede incumplir. En todo momento he pretendido que mi palabra fuera multívoca, pero indubitada. Nada me disgusta más que la vaguedad imperita, la expresión grasienta o la significación fofa. Y a todas espero haberlas expulsado de las páginas de Bajo la piel, los días.
Por su íntima conexión con lo inmediato, en Bajo la piel, los días abundan las alusiones a personas que forman parte de mi vida cotidiana, y con las que dialogo. No siempre en presencia, desde luego: a menudo, mantengo esa conversación con su recuerdo o con sus obras. Aunque, como Jules Renard, he descubierto que no puedo hablar de nadie —empezando por mí mismo— sin reparar en sus aspectos risibles, he procurado, en este libro, no incurrir en la permanente tentación del sarcasmo. No me agrada esta propensión, parecida a una enfermedad: es un virus devastador, que me exime de toda inocencia y que destruye antes a la cepa que al inoculado. En aquellos casos en que me ha parecido que mis observaciones podían resultar molestas —o, por lo menos, ambiguas, porque no he querido molestar a nadie—, he ocultado a su destinatario bajo el velo de sus iniciales. Algo así resulta morboso, lo sé, y puede disparar las elucubraciones sobre las identidades embozadas, pero en este libro es sólo una medida profiláctica y, pese a su carácter impúdico, un ejercicio de pudor.
EDUARDO MOGA
Barcelona, 9 de junio de 2010
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DOS POEMAS DE BAJO LA PIEL, LOS DÍAS
[HACÍA VEINTE AÑOS QUE NO VISITABA PARÍS...]
París, I
Hacía veinte años que no visitaba París. Mi último recuerdo de la ciudad era un crepúsculo de septiembre, con mi mochila, con hambre, junto al puente de Alejandro III. [Volví a Barcelona en tren, en un viaje de casi un día; agotado el dinero, mi único alimento fue un cucurucho de frambuesas comprado en los Campos Elíseos (la verdad es que no sé si fue ése el orden de los acontecimientos: contemplar el puente, comer frambuesas, tomar el tren; ni siquiera estoy seguro de que se produjeran en un mismo viaje. Sin embargo, así los ha dispuesto la memoria, o así los dispone para escribir este poema)]. Las luces del puente se imprimían en el gris creciente del anochecer, y enjambraban en los grupos escultóricos de hierro forjado, suspendidos sobre el agua indecisamente azul. Su fulgor se mezclaba con la humedad del río, cuyas vaharadas se extendían como una gasa oscura, y con la de la tarde, que llenaba el aire de lágrimas horizontales, de borrosidades endurecidas. La luz se derramaba, en fin, en el encerado de la niebla, y la noche la esculpía, mientras yo observaba el tránsito de lo real, y me decía que también yo cambiaba, que también yo me convertía en otro cuerpo, en otra forma destinada al olvido, como aquellas mitologías zaristas y sus panes de oro y los tratamientos antioxidantes que recibían con implacabilidad científica, y como la luz, clavada en el azabache móvil del Sena como una mariposa en el tablón de un entomólogo. [Aún no lo sabía, pero ya entonces vivían indigentes bajo los puentes de París. Hoy siguen acampando en emporios de cartón, perfumados de gasóleo y orina. Junto a algunos se levantan las tiendas rojas de los hijos de Don Quijote].
Esta vez hemos visto el puente de Alejandro III de día. El frío era helador, y los transeúntes que se dirigían a los Inválidos o, en sentido contrario, al Grand y al Petit Palais [que albergaba una exposición de arte egipcio; ¿o era sumerio?] pasaban con recogimiento claustral. Un grupo de turistas españoles inevitablemente bulliciosos [antes me gustaba encontrar a compatriotas en mis viajes, por lo exótico; ahora me hastía] saluda con palmas, vítores y gritos de «¡Vivan los novios!» a una pareja de recién casados asiáticos, probablemente vietnamitas, que se acerca al pretil del puente, con frac él y organdí ella, para la espeluznante sesión de fotos.
Caminamos. Siento las plantas encendidas, pese a la gelidez del suelo. Los adoquines penetran en el pie, y buscan las cavidades de los metatarsos, y lijan los rincones cartilaginosos. Luego trepan por las piernas y se acomodan en las ingles, a la sombra de criaturas indiferentes. Sólo se puede soportar el dolor abrazando el dolor. El dolor está en mí, intangible como el peso, mineral como el peso, habitante de las articulaciones, que son mandíbulas. Quiero poseerlo, pero huye como una pasta. Persigo sus máscaras, pero se transforman en rostro: el mío. Sumerjo las manos en su vinagre, pero, cuando las saco, sólo me extraigo a mí. El dolor causado por la fascitis concluye con la aceptación del dolor. Lo digo: lo palpo. Camino sobre cuchillas que acarician. Ardo, pero razono el ardor. Me duelo, pero geometrizo el dolor. [Toda operación poética es una operación cartográfica. Todo lenguaje, hasta el más inexacto, es álgebra].
Observo también los tejados, salpicados de mansardas. Son armadillos trapezoidales, recubiertos por escamas de pizarra, que se extienden por el cielo de París como un mar de zahúrdas. Las buhardillas ilustran la cubierta de Luz de invierno, la novela de M.-A. prologada por mí. Y esa luz azul que las envuelve, arañada por las antenas, desgarrada por los salientes de las azoteas y las gárgolas de las iglesias, es la misma que intuyo tras el tul del frío, la que alienta tras la pantalla de bruma que enmascara a las piedras. [Pese a mi prólogo y a mi participación en la presentación de su libro, nadie me invitó al acto que se le dedicó in memoriam; murió de un cáncer de páncreas, tras años de batallar contra lo que creía una fibromialgia aguda, o un síndrome de fatiga crónica]. La luz, escarchada, penetra en los pulmones como un estoque, y se instala con la ferocidad del vidrio, macerando las mucosas a lentas dentelladas. La luz profiere gemidos, dicta estalactitas, ancla en lo indefenso. Y los bronquios se astillan como la luz, y se desmoronan como la luz, y se reconstruyen retrayéndose, en un movimiento en el que convergen masticaciones y estrellas.
Saint-Julien-le-Pauvre, la iglesia más antigua de París, es de una rústica sencillez. Está encajonada en un rincón del Barrio Latino, junto a la isla de Francia, y consagrada al culto melquita, una modalidad del rito bizantino. Los iconos desgarran de color la piedra ahumada. El calor de las estufas se ve: escayola el aire. En la orquesta sólo hay cuerdas. Los músicos no hablan. Son archimandritas en chaqué. El más gordo dirige a la vez que toca. Detrás de mí, alguien cuchichea algo en neerlandés. He oído tantas veces Las cuatro estaciones, que advierto cada inflexión discrepante, el matiz de cada pausa [como Bukowski, que se pasó la vida escribiendo mientras escuchaba música clásica por la radio; en algún poema dice que, de tanto oír las piezas, sabía qué nota venía a continuación]. Asocio Las cuatro estaciones a Proust: leí En busca del tiempo perdido, en mi habitación adolescente, acompañado por sus acordes, que se hicieron tan obsesivos como la sintaxis de la novela. [La asociación no obedece sólo a un azar biográfico, sino a algo más profundo: ambos son barrocos; ambos, como yo, creen en el caudal unitivo, en el poder cicatrizador de lo ramificante]. Recuerdo las páginas infinitas que Marcel dedica a describir lo que le sugiere a su personaje una frase musical, oída en uno de los muchos conciertos a los que asistía. La frase existe: pertenece a una sonata para violín y piano, a una ballade, de Gabriel Fauré. Vivaldi suena hoy adelgazado y pedregoso, como si se precipitara por un lecho de cantos, con ímpetu de deshielo. Vivaldi es sinestésico: las notas con que describe al verano son amarillas como el sol o como el trigo; las del otoño, doradas como el mosto o las hojas senescentes de los álamos; las de la primavera, atropelladamente anaranjadas; las del invierno, blancas como la nieve [no quiero eludir el tópico: el tópico es aquí adecuado], pero rasgadas por pinceladas de carbón, por leños y lechuzas. Luego una soprano serbia, enfundada en rojo, canta el Ave María de Schubert. Reitera el ritual de los teatros mayores: sale y vuelve a entrar, incitando a que se mantengan los aplausos, no menos de tres veces. Junto a la salida venden los CDs de la orquesta.
[UNA NOCHE CENAMOS CON AGUSTÍN...]
París, II
Una noche cenamos con Agustín y su novia, Aina. Habían roto hacía poco, pero acababan de reconciliarse [«No sabes lo triste que es llegar a un aeropuerto y que no haya nadie esperándote», me había confesado él en una ocasión]. Nos encontramos con mucha suerte, porque habíamos acordado comunicarnos por el móvil, y mi teléfono había decidido dejar de funcionar. Desde la fachada del Sacré Cœur, apenas prestábamos atención a la ciudad que se desplegaba ante nosotros —telaraña de lamé con pedrería voltaica—, ni a las acebolladas cúpulas de la basílica, que nos contemplaban con lívido estupor. Remontamos una calle lateral, con la vaga esperanza de descubrirlos en alguna de las plazas adyacentes, y topamos con Agustín, que bajaba por esa misma calle, con la vaga esperanza de descubrirnos frente al Sacré Cœur. Lucía una láconica chaquetilla y una bufanda de piel de roedor, que parecía el roedor entero; ningún ecologista la habría aprobado.
Me tomé un rotundo filete de buey, aunque a Agustín no le gustó el flan, porque tenía sabor a chicle Kojak. Nos informaron de que habían decidido no visitar ningún lugar en el que hubiese una cola de más de treinta personas, lo que les condenaba a no ver nada de la ciudad. «Da igual», aclaró Agustín, «luego lo vemos en fotos o por Internet».
Visitamos también a Arnaldo Calveyra, a quien yo había descubierto con El hombre del Luxemburgo, y conocido en Barcelona, por mediación de José Ángel. [Nunca había estado en el parque de Luxemburgo, al que diversos avatares me unían en silencio: la traducción de Un sueño en el parque de Luxemburgo, de Richard Aldington (en el que cita las incómodas sillas de hierro bajo los árboles, y ahí siguen las incómodas sillas de hierro bajo los árboles. No pude, sin embargo, identificar el surtidor descrito en el libro: «A lo lejos distinguía el ondulante chorro de la fuente/ alzándose y cayendo sin cesar en parábolas de espuma,/ como la trayectoria de un cometa solidificada en agua trémula»; supongo que sólo funciona en verano), y la de Libro de amigo y amado, de Ramon Llull, que residió durante algún tiempo en el convento de Vauvert, situado en el emplazamiento actual del parque, donde puede que escribiera tramos del Llibre d’Evast i Blaquerna, del que forman parte sus aforismos místicos. En el Luxemburgo apenas hay pájaros: sólo algún tordo se atreve a indagar en las ramas interiores de los castaños, y unos pocos gorriones ateridos botan en el suelo como pelotas desquiciadas. Una piel mate, movediza, recubre la hojarasca, los grumos de hierba, el espejo de estaño del estanque hexagonal. Es la luz que huye, pero que se enreda todavía en las cosas, y deja en sus vértices jirones cenicientos. En la calle de acceso se suceden las librerías de lance, junto a puestos de fruta, frente a los que algunos ecuatorianos tocan raros tambores indígenas. (Me ha sorprendido comprobar que en Shakespeare & Co., frente a Nôtre Dame, el dependiente no habla francés; los bouquinistes que se alinean delante de la librería envuelven sus volúmenes en plástico, para que no los devore la humedad). Rozamos las estatuas, con tocas medievales, con pámpanos, y las lustramos con nuestro vaho. Hay leones, a cuyo lomo se encarama Álvaro. Alrededor del palacio senatorial —antaño hotel en el que zascandileaba Proust— se afana la policía, abrigada por barbours fluorescentes. Nos detenemos en Delacroix, al que corona la gloria, vencedora del tiempo. La piel del parque, aceitunada, estremecida, se solapa a nuestra piel y anuncia el desorden inminente del ocaso. Cruza el cielo una escasa paloma. Pasa una jogger, en pantalones sobrecogedoramente cortos. Nada se mueve en el parque, salvo sus visitantes: hiberna; su metabolismo se ha ralentizado hasta casi la expiración. No hay viento que arremoline las hojas, que crujen con atonía, como animales laxos; no hay insectos que ausculten los ojos o que busquen el cobijo de las narinas; no brincan las ardillas; nadie lee un periódico en un banco. Ni siquiera el agua fluye: alienta, pudorosa, bajo un rictus de hielo; la fuente de Médicis está callada; los álamos, embebidos en su rectitud]. Calveyra nos atiende con gentileza. Es tan delicado que parece que vaya a romperse, pero el abrazo que me da desmiente su fragilidad. Vive en un apartamento tenuemente laberíntico, de techos lejanos y libros lluviosos, que se diría extraído de Rayuela. [A diferencia de muchos septuagenarios, Arnaldo tiene una memoria formidable: recuerda con detalle —y así me lo hace notar cuando amago con contarle de nuevo la historia— cómo había conocido yo a Cortázar: en las salas vacías del Museo de Arte Románico de Cataluña, un domingo de finales de los setenta. Julio era alto como un tuareg, leñoso, luminoso, y paseaba por las salas vacías acompañado por una hermosa mujer. Yo le di la mano, arrebatado por una osadía adolescente, para felicitarlo por sus libros, aunque no los hubiera leído, y él me la envolvió con la suya, divertido por mi ingenuidad]. Prefiere recibirnos en casa, porque, nos confiesa, desde que sufriera un amago de infarto, le espanta el frío. Tomamos pastas y té, que nos sirve Monique, su mujer, una argelina de ascendencia ibicenca. Calveyra ha escrito sobre el Luxemburgo: «manantial de eternidad inventada, por poco una penumbra ofertada al cielo más vasto del jardín/ manantial fabricado, instante en círculo, asciende su forma, asciende y recae, en eso el agua, borrador, derrama, manera tan suya de mencionar los jardines del sur incansablemente bellos» [sí, debe de funcionar sólo en verano]. Nos cuenta que todos los poetas argentinos están peleados, pero que con él, de momento, no se meten: «Soy de otra generación», puntualiza, «y además no vivo allí». Vejez y lejanía: escudos contra la denigración.
Cortázar, amigo de Calveyra, está enterrado en Montparnasse, aunque no localizamos su tumba. El cementerio está atiborrado de lápidas; apenas se puede caminar entre tantos muertos. Llueve, y la lluvia embarra los senderos, desorganiza las flores, agrisa el silencio. Buscamos el lugar en el que está enterrado César Vallejo, pero tampoco lo encontramos. Cuando sugiero que abandonemos la búsqueda, me conmueve la insistencia de mis hijos —que nada saben de Vallejo, pero que advierten mi ilusión por dar con su tumba— en no rendirnos todavía. Tras fracasar en la lectura de los mapas que supuestamente indican la ubicación de cada sepulcro, la distingo por fin, gracias a un retrato del poeta depositado a los pies del túmulo. Es un enterramiento sencillo, de losa perlina y nulo ornato, excepto una fugaz inscripción en francés. Les cuento a mis hijos que Vallejo escribió en un poema que moriría en París un jueves de aguacero, y que, en efecto, murió en París un jueves de aguacero. Junto a su foto de indio hambreado —perdonen la tristeza— y a una cinta verde dejada en homenaje por la embajada del Perú, encuentro un folio doblado con el poema, «Piedra negra sobre una piedra blanca». No es jueves, sino sábado, pero cae un aguacero respetable y estamos en París. Leo: «Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo./ Me moriré en París —y no me corro—/ talvez un jueves, como es hoy de otoño.// Jueves será, porque hoy, jueves, que proso/ estos versos, los húmeros me he puesto/ a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,/ con todo mi camino, a verme solo.// César Vallejo ha muerto, le pegaban/ todos sin que él les haga nada;/ le daban duro con un palo y duro// también con una soga; son testigos/ los días jueves y los huesos húmeros,/ la soledad, la lluvia, los caminos...». Ángeles, Pablo y Álvaro me miran, apretados bajo el paraguas y velados por el cendal de la lluvia, en silencio, mientras el agua me corre por la cara y se borran las palabras del poema.
EDUARDO MOGA
[Poemas XXIII y XXIV de Bajo la piel, los días, Madrid, Calambur, 2010]